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Las señoras en los baños

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Escrito por Luis Videla   

Las señoras en los baños


Es conocido el sentido higiénico de los romanos. Para que se puedan dar una idea, y por mencionar un ejemplo, las termas de Caracalla disponían de todos los servicios para sus mil seiscientos bañistas. Vestuario, sala de calor seco; caldarium (agua caliente); tepidarium (sala de agua templada); frigidarium (sala de agua fría), pileta –piscina– para nadar al aire libre; gimnasio (palestra), biblioteca y servicio de refrigerio o restaurante, con instalaciones para sentarse a pasar el tiempo con la actividad que tanto gustaba a los romanos: la conversación.

En el templarium, que era una pileta con agua tibia en la que flotaban pétalos de rosa para aromatizarla, hombres y mujeres solían relajarse juntos.

Aunque los horarios de los baños eran desde temprano en la mañana hasta el mediodía para las mujeres y desde las dos de la tarde hasta el anochecer para los hombres, en algún momento los baños aceptaron que hombres y mujeres que los usuarios de ambos sexos concurrieran al mismo tiempo. Pero parece que los excesos de actividades non sanctas provocaron que se tomara la decisión que las mujeres y los hombres debían asistir otra vez por separado.

Se puede decir, con toda propiedad, que el pueblo de Roma era el más limpio de la antigüedad, y sus mujeres las más pícaras también.

Queda demostrado en los restos de la decoración de las termas de Pompeya y las de Trinacria, en la zona del puerto de Ostia, donde parecen haberse ofrecido regularmente servicios más íntimos y personalizados.

En un mosaico encontrado en Trinacria se puede leer fácilmente la siguiente inscripción: Statio cunnilingiorum.

Para los que no saben latín y tampoco conocen de algunas preferencias femeninas, la inscripción debe haber indicado el lugar donde jóvenes varones ofrecían –creemos que a cambio de algunos sextercios, precursores antes del siglo I el oficio actividad de taxi-boy–, practicar el sexo oral a sus clientas mientras ellas se dedicaban a relajarse y emperifollarse en los baños.

Tratemos de imaginar a una noble matrona llegando a casa totalmente relajada, después de una tarde dedicada a estos menesteres, respondiendo a la pregunta de su consorte acerca de sus actividades del día:

–Y, nada, ya sabes... estuve con las chicas en el templarium haciendo cosas de mujeres...

Altre tempi, altre mores.

Una verdad como un templo


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